Mitos y Leyendas Riojanas

El Grito del Carnaval: La Chaya y el Pujllay

Cada febrero, una densa nube de harina y albahaca cubre los pueblos riojanos. Parece una fiesta, pero su origen destila una melancolía eterna. Cuenta la leyenda que Chaya, una bella joven indígena, se enamoró perdidamente de Pujllay, un semidiós alegre, libertino y de espíritu errante. Al no ser correspondida en su amor, Chaya huyó a la montaña a llorar su pena, convirtiéndose en la nube que derrama el rocío en los cerros.


Pujllay, arrepentido, regresó a buscarla, pero ya era tarde. Consumido por la culpa y el alcohol, murió quemado en el fuego de la celebración.

Hoy en día, el Pujllay es personificado como un muñeco de trapo que preside los festejos, desenterrado al inicio del carnaval para desatar la algarabía y enterrado al final entre lágrimas verdaderas. Su espíritu vuelve cada año para recordarnos que la alegría extrema y la tragedia comparten la misma sangre.

 

La Rioja no solo guarda el terror que acecha en las sombras de la siesta o en los cañadones desiertos; su mística más profunda late en sus ritos colectivos, donde lo sagrado, lo pagano y lo ancestral se abrazan en celebraciones únicas. Cuando el calor del verano parece detener el tiempo, la provincia despierta para revivir pactos de paz y devociones que desafían los siglos.

El Abrazo de los Pueblos: El Tinkunaco

Cada 31 de diciembre, bajo el sol abrasador del mediodía riojano, las calles de la capital se convierten en el escenario de una tregua sagrada que detiene el aliento de miles de fieles.

El Tinkunaco (palabra que en quechua significa encuentro) no es solo una procesión; es la recreación viva de un milagro que evitó un baño de sangre en el año 1593.


Cuenta la historia que los diaguitas, cansados del yugo español, sitiaron la ciudad dispuestos a destruirla. Fue entonces cuando los frailes franciscanos, portando la imagen del Niño Jesús Alcalde, lograron pacificar a los guerreros.

 

Hoy, el suspenso se apodera de la plaza principal cuando dos procesiones avanzan desde
puntos opuestos: por un lado, los españoles con la imagen de San Nicolás de Bari; por el otro, los "Allís"  (la cofradía indígena) custodiando al Niño Jesús. Al encontrarse frente a frente, la multitud cae en un silencio sepulcral. Las imágenes se inclinan tres veces la una ante la otra.

 

En ese instante exacto, los hombres caen de rodillas, el estallido de las cajas chayeras rompe el aire y las lágrimas brotan sin control. Es el instante en que el pasado sana y el pueblo vuelve a ser uno solo.

El Protector de las Cosechas:

El Llastay

Si te adentras en los senderos altos de la Cuesta de Miranda o en las profundidades de la
cordillera riojana, debes saber que no estás solo. Cada animal que corre y cada planta
que crece tiene un dueño invisible: El Llastay.
Este mito puramente cultural y diaguita nos habla de un ser místico, protector de las
aves y de las manadas de vicuñas y guanacos. El Llastay
se le aparece a los cazadores
como un hombre anciano con una larga barba, a veces montado en un guanaco blanco, o
simplemente como un animal de un tamaño descomunal que desaparece entre la neblina
de los cerros.
La advertencia de la montaña: El Llastay es generoso con quienes cazan por
necesidad, pero implacable con los codiciosos.
Si alguien mata por diversión o hiere a una hembra preñada, el Llastay desata tormentas de viento blanco, desorienta los pasos
del cazador y lo deja morir de frío en la inmensidad del paisaje riojano. Para evitar su furia, los lugareños aún hoy dejan ofrendas de hachapo (tabaco) y alcohol de quemar bajo las piedras antes de subir al cerro.

 

La Luz que Devora: La Luz Mala

Cuando cae la oración en el llano riojano y el campo se vuelve un manto negro, los
puesteros agudizan la vista. De pronto, una chispa fosforescente, un destello verdoso o amarillento parece flotar a ras del suelo, subiendo y bajando entre los algarrobos secos.
Es La Luz Mala (o el Farol de Mandinga).


Culturalmente, el paisano sabe que este fenómeno esconde dos secretos. Si la luz es
blanca, se dice que es el alma en pena de alguien que murió sin bautismo o con
promesas incumplidas, y se debe rezar por ella. Pero si la luz destella en un tono rojizo,
el suspenso se vuelve peligroso: es el mismísimo Diablo
. Se cree que allí donde la luz se
asienta, hay enterrado un "tapado"; (un tesoro antiguo de monedas de oro o plata).

 

Sin embargo, buscarlo es tentar a la muerte: el gas que emana del suelo al intentar
desenterrarlo puede envenenar al buscador, o la maldición del tesoro puede arrastrarlo a
una locura eterna.

 

El Mikilo: El guardián de la siesta y su trampa

 

​El territorio indiscutido del Mikilo es la hora de la siesta. Cuando el sol golpea con más fuerza y el calor riojano se vuelve sofocante, este ser aprovecha la soledad de las calles de tierra, los higuerales y los montes para deambular. Quienes aseguran haberlo sentido, dicen que se anuncia con un silbido o un grito ululante y lejano, casi como un lamento profundo que rompe el silencio de la tarde.

​Si alguien tiene la mala suerte de cruzarse de frente con él, el Mikilo suele someter a su víctima a un juego macabro. La leyenda cuenta que posee una mano hecha de lana y otra de hierro, y obliga a la persona a elegir con cuál de las dos prefiere recibir un golpe:

​Si la víctima elige la mano de lana (creyendo lógicamente que el golpe será suave), el Mikilo le asesta un impacto durísimo que puede dejarla inconsciente.

​Si, por el contrario, la persona elige la mano de hierro, el impacto resulta ser sorprendentemente leve.

 

 

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